Chile, enmarcado por la cordillera de Los Andes y el Océano Pacífico, tiene apenas 480 km. en su parte más ancha, mientras que se extiende más de 4.000 km a lo largo de Sudamérica. Su peculiar geografía hace del país un muestrario climático y paisajístico en el que se suceden desiertos, fértiles valles, imponentes volcanes, fiordos y lagos. En este escenario de particular belleza, el vino encontró una patria en la cual naturalizarse, una tierra aislada, una isla para el cultivo de la vid en condiciones verdaderamente privilegiadas.
Chile es una de las pocas regiones del mundo que tiene vides no injertadas anteriores a la filoxera (64.530 ha.). A pesar de las variedades más acepatadas (pinot noir, cabernet sauvignon y chardonnay), la cepa utilizada para los vinos domesticos, la país, es aún la más abundante. La cebernet sauvignos es, en superficie, la segunda cepa tinta. Entre los blancos, la semillón, la sauvignon y la chardonnay representan la mitad del total. El encanto lleno de juventud de sus vinos tintos -cabernet sauvignon y merlot- ha llevado a Chile al primer plano del escenario internacional. Las dos variedades nobles desarrollan un color profundo, de un púrpura intenso, y aromas de bayas, hierbas y especias; pero a menudo les falta la astringencia que le dan los taninos. La crianza en roble se introdujo para dar a esos tintos más profundidad y un mejor potencial de envejecimiento.
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